El ejemplo de una adolescente con diagnóstico de un trastorno grave obsesivo-compulsivo nos podrá ayudar para introducir el tema. Sus padres habían recorrido innumerables clínicas y psiquiatras que no habían logrado sacar a esta chica de su problema. Su última esperanza era un psiquiatra que estaba en el área de Boston, el Dr. James Greenblatt, a quien sólo le dijeron, por favor, ayúdenos a ayudar a nuestra hija.
El Dr. Greenblatt inició la consulta haciendo las preguntas habituales sobre la infancia de la adolescente y el inicio de su enfermedad. Pero enseguida hizo una pregunta que ningún otro psiquiatra les había hecho: ¿Cómo está funcionando el intestino de María? ¿Tiene algún problema digestivo? ¿Estreñimiento, diarrea? ¿Reflujo ácido? ¿Los cambios iniciaron antes y durante su enfermedad? Y las respuestas a muchas de las preguntas del psiquiatra fueron “sí”.
El Dr. Greenblatt planteó algo que les sorprendió muchísimo. Además de la psicoterapia y la medicación también le prescribe a María una dosis, dos veces al día de probióticos, las bacterias útiles que viven en nuestro intestino. El cambio fue menos que milagroso, a los seis meses sus síntomas habían disminuido grandemente. Un año después de la prescripción de los probióticos no había señal de que María hubiese estado enferma.
Sus padres podrían no haber comprendido del todo semejante cambio, pero para el Dr. Greenblatt era obvio. Un desequilibrio o pérdida importante de la flora intestinal benéfica en el intestino de María contribuyó o causó sus síntomas mentales. “El intestino es un segundo cerebro”, dijo el médico. “Hay más neuronas en el tracto gastrointestinal que en cualquier otro órgano, excepto el cerebro”.
Con más de 20 años de trabajo en el tratamiento de trastornos de la alimentación, el Dr. Greenblatt enfatizó que la conexión entre cuerpo y mente era más importante de lo que la psiquiatría convencional asumía. “Cada vez me impresiona más lo importante que es el tracto gastrointestinal para tener un estado de ánimo saludable y el control de la conducta” dijo Greenblatt. Además encontró que entre los pacientes que presentaban algún trastorno alimentario junto con algún problema de comportamiento psiquiátrico muchos se solucionaron utilizando altas dosis de probióticos y una normalización de sus hábitos alimenticios.
La idea del Dr. Greenblatt de que se pueden resolver problemas psiquiátricos al tratar el sistema digestivo es cada vez más reforzada por la ciencia de vanguardia. Por décadas los investigadores han sabido de la conexión entre el cerebro y el intestino. Por ejemplo, la ansiedad a menudo causa náuseas y diarrea y la depresión puede influir en el apetito. La conexión está establecida, pero los científicos pensaban que la comunicación era en una sola dirección: del cerebro al intestino y no podía ser al revés. Pero ahora se revela que este proceso de comunicación es más como una autopista de varios carriles que una calle de un solo sentido.
Esta nueva investigación de cómo las bacterias de la flora intestinal pueden cambiar el comportamiento de las personas podría en el futuro transformar la manera en que se entienda y trate una variedad de trastornos de salud mental.

